25 julio 2020

El virus que vino de China

Nuevos contagios, nuevos problemas. Te dicen que es una guerra y no es una guerra. Una guerra es el resultado de las decisiones del hombre. La epidemia del coronavirus lo es, si acaso, de sus indecisiones. Y no es fácil decidir frente a lo extraordinario. Sin embargo, los responsables deberían haber aprendido algo de la primera oleada para gestionar esta segunda con más acierto que la anterior.

El gobierno se adjudicó, arrogante, el papel de mando único. Pronto se puso de perfil, pasando a las comunidades autónomas la patata caliente en un inadmisible “sálvese quien pueda”, responsabilizándoles de contagios, ingresos, ucis y muertes. Los de Cambridge —leña al fuego— aseguran que España es el país de la OCDE con la peor gestión de la crisis. 

Las fronteras defendidas con tanques, se quebraron con gotitas de saliva. Hubo equidad en el contagio, repartido por igual entre ricos y pobres, y los gobiernos, que se creían infalibles, vieron cómo se puede ir todo el carajo por un abrazo o un apretón de manos. Y nos dimos cuenta de lo que era y no era importante, y una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista, y un hospital de campaña se hizo más urgente que ganar la liga.

Dicen que las situaciones extremas te ponen frente a la verdad, como una manera elegante de decir que las situaciones normales la esquivan. Ahora hay que crear mentiras que sirvan para engañarnos o consolarnos o para engañarnos y consolarnos.

Hay una que circula con fuerza: que China pudo contrarrestar mejor el virus porque es una dictadura, que pudo cerrar sus ciudades y confinar a sus ciudadanos porque es un régimen autoritario. Yo creo que no, que pudo contrarrestarlo mejor porque estaba mejor preparada.

El obstáculo para resistirse a establecer cuarentenas en las “democracias occidentales” no fue la libertad, como sugieren algunos. Nada indica que millones de personas se habrían negado a encerrarse a cambio de su salud o incluso de su vida. La complicación para estas democracias es la economía y el empleo: tenían y tienen miedo porque las pérdidas representan un descalabro para sus políticas. 

Tres gotitas en el aire —gotículas las llama Simón, el de las piruetas contables—, nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía, nos han dicho que no solo la indigencia trae la peste, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre fue primero y que las otras cosas son simples accesorios.

Lo que nos está pasando se halla muy bien reflejado en los cantos de “La Odisea”, que es un fantástico relato sobre la fragilidad del ser humano y el poder de fuerzas que no somos capaces de controlar. Homero pone en boca de Zeus: “Los humanos nos echan la culpa de sus desgracias a los dioses, pero ellos provocan, a causa de su estupidez, males que podrían ser evitados”.

La estupidez, por lo general, es inofensiva. Pero el poder y la estupidez, juntos, son muy peligrosos. Como aquí y ahora. 

Y, mientras tanto, el Real Madrid ganó la Liga.


Fuentes: New York Times, diario ABC, Cadena SER Radio y Mundifrases.
Imágenes: Alamy Stock Photo y BBC.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"a valorar la ciencia por encima de la economía"

Me temo que para los dirigentes todo seguirá igual. De un partido o de otro. Este año, todo el presupuesto nacional de investigación, todo, equivale a 14.4km de vías de AVE. Otro dato, el gobierno destinó 30 millones para investigación contra el AVE y más de 3.000 para salvar la industria automovilística.

No aprendemos, y a la próxima hostia volveremos a criticar a todo el mundo, como si las soluciones no hubiera que prepararlas de antemano.

Unknown dijo...

Como dijo Einstein (creo), sólo hay 2 cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana.

Sabemos que esta enfermedad se contagia básicamente por el aire (y se contagia en contactos prolongados de más de 15 minutos), y después de casi 50.000 muertos en España, abrumadoramente la gente sigue sin ponerse las mascarillas.

Es sentarse en una terraza, la barra de un bar o un restaurante y "desaparece" la obligación.

La ley es clara "en todo momento,salvo en el preciso instante de comer o beber". El virus sale al exterior por la boca, fundamentalmente (la nariz dispone de un filtro natural de partículas, que además disminuye la velocidad de expulsión del aire exhalado). Si llevamos el molesto adminículo cuando estamos hablando no hay virus, por lo que no habría ningún problema a la hora de comer y beber.

Pero preferimos volver al confinamiento y la quiebra económica del Estado (cero pensiones, cero ERTEs, cero paro, cero sanidad...suma y sigue), a tan molesta e insufrible obligación.

¡¡Viva la muerte!!

Juan Sánchez
Zaragoza