22 agosto 2020

Homo coquus

“Las bestias tienen memoria, juicio y todas las facultades y pasiones de nuestra mente, en cierto grado, pero no hay ninguna que sepa guisar”, escribía, en 1773, el escocés James Boswell, el primero en denominar al Homo sapiens como “animal cocinero” o mejor, en latín, Homo coquus. Asegura este hombre que la capacidad de cocinar y no otra es la cualidad que nos diferencia y separa del resto de los animales.

Portada del libro de Wrangham
Los animales no tienen cocina; el fuego les asusta. En cambio, los humanos tenemos la capacidad de alterar las materias primas para generar elaboraciones nuevas. La capacidad de cocinar –manipular alimentos– es el rasgo único y distintivo de la especie humana y la responsable del salto evolutivo que nos distanció de los primeros homínidos. Somos sapiens por todo lo que hemos cocinado y aprendido desde que, hace siete millones de años, bajamos de los árboles.

El profesor de Antropología Biológica Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, defiende la hipótesis de que lo que transformó a nuestros ancestros en los humanos actuales fue el hecho de cocinar los alimentos.

Cocinero romano en su cocina
Al inicio de la Prehistoria aprendimos a cazar y hace unos setecientos mil años dominamos, por fin, el fuego, “el mayor progreso de la civilización”, según Brillat Savarin, el revolucionario francés y padre de gastrónomos que decía: “Dime lo que comes y te diré lo que eres”. Todo cambió definitivamente con los primeros agricultores y pastores: dejamos de ser nómadas, creamos las primeras ciudades y pudimos planificar nuestra existencia. Cuando despertaba la Edad Antigua, en Mesopotamia, un hombre como nosotros escribía, sobre unas tablillas de barro, el primer recetario conocido. [1]

Pero el fuego nos dejó, además, un gran legado: la sociabilidad [2]. Hasta que no tuvimos las brasas bajo control, no comíamos juntos, no dialogábamos. La intimidad entre los miembros de un grupo familiar o social, se ha ido forjando en el acto de comer juntos. Hasta tal punto, que la palabra convivium que significa banquete, deriva de cum vivere, que significa “vivir juntos”. De convivium procede “convivir” que, consecuentemente, no es sino compartir con otros los placeres de la mesa… al menos en su etimología.

Familia romana en la mesa
Tradicionalmente y hasta que la televisión primero y los móviles después, entraron a saco en la convivencia, la mesa era el lugar en el que los comensales, parientes, amigos o conocidos, hablaban con tranquilidad de sus cosas, compartían, departían, discutían… familiarizaban, en suma.

¿Qué opinión merecería, a los que nos gusta la mesa, un grupo de comensales en silencio sepulcral, abducidos por la hipnótica atracción de la pantalla de un televisor o de la pantallita de un móvil? ¿O esa demoníaca invención consistente en intentar comer, beber, charlar y mantener el equilibrio, estando de pie, con un vaso en una mano y un plato con viandas en la otra?

Puestos a elegir entre posturas extremas, y nunca mejor dicho, me parece infinitamente más sensata la de los antiguos griegos y romanos, que comían plácidamente reclinados para alargar cuanto fuera posible y con la máxima comodidad los placeres de la mesa.



[1] Una tablilla describe veintiún caldos de carne y cuatro de verduras. La segunda, guisos de aves y la tercera, recetas de gachas y carnes.
[2] Recuerdo los “fuegos de campamento” que realizábamos, después de cenar, en los campamentos de verano de mi lejana juventud. En ellos se hablaba de todo lo divino y humano, se contaban chistes, anécdotas, cuentos… algunos, con buena voz, hasta cantaban.

Fuentes: Benjamín Lana en XL Semanal, Ferrán Adriá en La Vanguardia, Benjamín en uncomino.com, Fernando Quesada en frquesada.com y Las recetas más antiguas del mundo en La Boca Magazine, además de los personajes citados en el texto. Imágenes: Google Imágenes.


3 comentarios:

Lourdes Ortega dijo...

Interesante relato, Tú eres un buen "cocinitas".Cuando se mejore la situación por la que estamos pasando (pandemia) ya estás manos a la obra y a cocinar!!
Un abrazo, Fe.

Anónimo dijo...

"Puestos a elegir entre posturas extremas, y nunca mejor dicho, me parece infinitamente más sensata la de los antiguos griegos y romanos, que comían plácidamente reclinados para alargar cuanto fuera posible y con la máxima comodidad los placeres de la mesa."

--> De hecho (esto lo aprendí con el último libro de Irene Vallejo, El Infinito en un Junco) la expresión "hablar largo y tendido" viene precisamente de esa costumbre.

Ramon Tejeiro dijo...

¡Cuanto aprendo contigo, Félix!
Un abrazo
Ramón