“Las bestias tienen memoria, juicio y todas las facultades y
pasiones de nuestra mente, en cierto grado, pero no hay ninguna que sepa guisar”,
escribía, en 1773, el escocés James Boswell, el primero en denominar al Homo sapiens como “animal cocinero” o
mejor, en latín, Homo coquus. Asegura
este hombre que la capacidad de cocinar y no otra es la cualidad que nos
diferencia y separa del resto de los animales.
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Portada del libro de Wrangham |
El profesor de Antropología Biológica Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, defiende la hipótesis de que lo que transformó a nuestros ancestros en los humanos actuales fue el hecho de cocinar los alimentos.
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Cocinero romano en su cocina |
Pero el fuego nos dejó, además, un gran legado: la sociabilidad [2]. Hasta que no tuvimos las brasas bajo control, no comíamos juntos, no dialogábamos. La intimidad entre los miembros de un grupo familiar o social, se ha ido forjando en el acto de comer juntos. Hasta tal punto, que la palabra convivium que significa banquete, deriva de cum vivere, que significa “vivir juntos”. De convivium procede “convivir” que, consecuentemente, no es sino compartir con otros los placeres de la mesa… al menos en su etimología.
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Familia romana en la mesa |
¿Qué opinión merecería, a los que nos gusta la mesa, un
grupo de comensales en silencio sepulcral, abducidos por la hipnótica atracción
de la pantalla de un televisor o de la pantallita de un móvil? ¿O esa demoníaca
invención consistente en intentar comer, beber, charlar y mantener el
equilibrio, estando de pie, con un vaso en una mano y un plato con viandas en
la otra?
Puestos a elegir entre posturas extremas, y nunca mejor dicho, me parece infinitamente más sensata la de los antiguos griegos y romanos, que comían plácidamente reclinados para alargar cuanto fuera posible y con la máxima comodidad los placeres de la mesa.
[1] Una tablilla describe veintiún caldos de carne y
cuatro de verduras. La segunda, guisos de aves y la tercera, recetas de gachas
y carnes.
[2] Recuerdo los “fuegos de campamento” que
realizábamos, después de cenar, en los campamentos de verano de mi lejana
juventud. En ellos se hablaba de todo lo divino y humano, se contaban chistes,
anécdotas, cuentos… algunos, con buena voz, hasta cantaban.
Fuentes: Benjamín Lana en XL Semanal, Ferrán Adriá en La
Vanguardia, Benjamín en uncomino.com,
Fernando Quesada en frquesada.com y
Las recetas más antiguas del mundo en La Boca
Magazine, además de los personajes citados en el texto. Imágenes: Google Imágenes.
3 comentarios:
Interesante relato, Tú eres un buen "cocinitas".Cuando se mejore la situación por la que estamos pasando (pandemia) ya estás manos a la obra y a cocinar!!
Un abrazo, Fe.
"Puestos a elegir entre posturas extremas, y nunca mejor dicho, me parece infinitamente más sensata la de los antiguos griegos y romanos, que comían plácidamente reclinados para alargar cuanto fuera posible y con la máxima comodidad los placeres de la mesa."
--> De hecho (esto lo aprendí con el último libro de Irene Vallejo, El Infinito en un Junco) la expresión "hablar largo y tendido" viene precisamente de esa costumbre.
¡Cuanto aprendo contigo, Félix!
Un abrazo
Ramón
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