08 junio 2019

Lenguas

Quinto Ennio, dramaturgo y poeta épico latino (239 aC - 169 aC) llegó a decir a uno de sus colegas: Hispane, non romane, memoretis loqui me, que podría traducirse como “recuerda que hablo a la española, no al estilo romano”.

Quinto Ennio
Este hombre se expresaba, claro está, en el latín vulgar de la época, que se convertiría posteriormente, a partir de los Cartularios de Valpuesta [1] del siglo IX y las Glosas Emilianenses [2], de los siglos X y XI, en el español por antonomasia o lengua común.

Con la Grammatica Castellana del andaluz Antonio de Nebrija [3], publicada en 1492 y considerada por la UNESCO como “la primera gramática de una lengua neolatina” mal que les pese a franceses e italianos—, se universaliza nuestra lengua a uno y otro lado del Atlántico, llegando hasta Filipinas, Islas Carolinas, Marquesas, Guam, Guadalcanal...

En esa época, en Cataluña se hablaba el occitano o lemosín [4] y el castellano. El llamado catalán fabriano [5], de principios del siglo XX, estaba por cocinar. El nacionalismo nos ha contado que el castellano fue impuesto por la dictadura franquista, incluso en los topónimos y nombres propios. Decir Gerona o Lérida es un desatino que hoy  escandaliza a los del prusés independentista.

Moderna Torre de Babel
Pues bien, ahora resulta que, en el testamento del cardenal de Barcelona, Mons. Benet de Sala (1646 – 1715), gerundense por más señas, abad de Montserrat y catedrático en Salamanca, comprobamos que a Gerona se la llamaba Gerona, y que muchos catalanes se llamaban Francisco o Domingo, y no Francesc o Domènech, como nos quieren hacer creer. Así dice su testamento, entregado en su exilio romano nada menos que en 1715, escrito en un catalán más vivo que el fabriano que nos enseñan ahora:

Yo, D. Benet de Sala y Caremany oriundo de la ciutat de Gerona, per la gracia de Deu, (…) y de la Sta. Romana Iglesia Cardenal Presbítero (…) disposant de mos bens fas y ordeno lo present meu testament, última y darrera voluntat mia del modo y forma següent (…) als Iltres. D. Francisco de Josa y de Agulló (…) y D. Domingo Figueras…

Algunos pretenden dar más visibilidad, entre otras, a la fabla aragonesa o al bable asturiano, que significan lo mismo: un habla, muy localizada y de escasa o nula trascendencia.

Ya hemos adquirido la suficiente experiencia, desde 1978, para saber que el uso de lenguas autóctonas aporta una incuestionable riqueza, acompañada, lamentablemente, de una acusada discriminación entre españoles que, además, nos induce a gastar más de lo que deberíamos. Discriminan, porque cada región blinda su lengua haciéndola imprescindible para acceder a puestos controlados por su gobierno autonómico; crean un entorno identitario tribal, muy cercano al puro racismo, y subvencionan con enormes cantidades a dudosas academias, actividades y medios de comunicación, solo para satisfacer el ideal separatista.

La última sandez me llega en forma de una versión de El Principito [6], traducido como Er Prinzipito a un fantasmagórico andaluz [7] o andalú que nunca existió. Comienza así:

Una beh, kuando yo tenía zeih z’añiyoh, bi un dibuho mahnífiko en un libro a tento’e la zerba bien ke ze yamaba Ihtoriah bibíah…

“Si le hablas a una persona en una lengua que entiende, llegarás a su cabeza. Si le hablas en su propia lengua, llegarás a su corazón.” (Nelson Mandela). 

Siempre sin fanatismos, claro.


[1] Una serie de documentos escritos en un latín muy tardío que trasluce algunos elementos propios de un dialecto romance hispánico que ya se corresponde con las características propias del castellano. El preámbulo del estatuto de autonomía de Castilla y León los menciona como testimonios que contienen «las huellas más primitivas del castellano».
[2] Pequeñas anotaciones, más de mil en total, a un códice en latín, realizadas en varias lenguas: entre ellas el propio latín, un romance hispánico, bien español medieval con rasgos riojanos, bien navarro-aragonés, y euskera primitivo.
[3] 1441 – 1522. Ocupa un lugar destacado en la historia de la lengua española por ser el autor de la primera gramática castellana en 1492, de un diccionario latín-español ese mismo año y de otro español-latín hacia 1494, con evidente anticipación dentro del ámbito de las llamadas lenguas vulgares.
[4] El lemosín o limosín es un dialecto del idioma occitano del siglo XVI que rebasa los límites actuales de la región de Lemosín, en la mitad norte del departamento de Dordoña (Francia).
[5] Normativa gramatical que estableció el lingüista catalán Pompeu Fabra en 1918.
[6] Soy coleccionista de este libro editado en diferentes idiomas y dialectos.
[7] Se trata de un acento regional muy simpático en el castellano o español hablado en Andalucía, con algunas variantes.

Fuentes: Acta Palaeohispanica IX, Agencia EFE, Brainyquote y Wikipedia (varios artículos).

1 comentario:

jb dijo...

Tienes mucha razón en todo lo que dices . Un artículo muy interesante.