Desde que el militar golpista Hugo Chávez fuera elegido presidente de Venezuela en 1998, ciertos triunfos electorales en América Latina llevaron al poder a políticos de carácter nacionalista, bolivariano, patriótico o progresista [1], posicionándose como opuestos al neoliberalismo y a la deuda externa.
Algunos de ellos, los de Venezuela, Ecuador y Bolivia, se proclamaron revolucionarios propulsores del “socialismo del siglo XXI”. Otros, como los de Brasil, Argentina, Uruguay, Nicaragua, El Salvador y, en su momento, el gobierno del obispo Lugo en Paraguay, exhibieron programas y políticas de sospechoso progresismo social.
La persecución del talento, el enjuiciamiento y condena a quienes no comulguen con sus ideas, ha alcanzado a cientos de dirigentes civiles, políticos, militares y de los pueblos indígenas, perseguidos, enjuiciados y, finalmente, encarcelados con acusaciones de diversa índole.
Con el paso del tiempo, tocados por la varita virtualmente mágica del progresismo, los problemas de antaño se mantienen vigentes o han empeorado ostensiblemente, a saber: la precarización del trabajo, la inseguridad de personas y propiedades, los asaltos, los asesinatos, las arbitrariedades de jueces y fiscales, la delincuencia organizada, el maltrato a las mujeres, la corrupción a todos los niveles, los salarios de miseria, los recortes de derechos… cuando no el hambre, pura y dura, o las detenciones arbitrarias e injustificadas.
Alguien me ha enviado por WhatsApp una definición del ente progresista atribuida a Martha Hildebrandt [2], lingüista miembro de la Academia Peruana de la Lengua, Congresista de la República y segunda mujer en ocupar la Presidencia del Congreso. Soy consciente de que este tipo de “atribuciones” no son nada fiables en el medio, y tal vez esta señora no tenga nada que ver con el texto que se le imputa. En cualquier caso, quien lo escribiera dio justo en el centro de la diana. Copio.
“Progresista: Fracasado que gusta culpar de sus miserias al sistema y procura que los demás reconozcan sus méritos como luchador social, predicando a favor de lo que él llama justicia social que, en el fondo, consiste en que unos vivan a expensas de los demás, utilizando al estado como cómplice. Se les puede ver predicando su ideología en las ONG y algunos organismos públicos nacionales e internacionales, donde solucionan los problemas desde sus despachos, mediante magníficos artículos llenos de palabritas como articular, visibilizar, empoderar, regenerar, desigualdad… Destrozan el lenguaje con modismos sexistas ridículos como peruanas y peruanos. Son argolleros [3] y gustan de hacerse pasar por intelectuales. Se les conoce también como parásitos sociales.”
A este otro lado del mar, también tenemos lo nuestro con la progresía en algunos gobiernos mediterráneos. En Europa y, concretamente, en nuestro país, las políticas de esta izquierda casposa, salvapatrias, guerracivilista y trasnochada, sin razón de ser en pleno siglo XXI, solo sirven para el progreso, obviamente económico, de quienes la practican. El sistema legislativo que tratan de imponer se ocupa de sacar adelante las ocurrencias pendulares de sus meninges eunucoides -hoy no, mañana viceversa- a base de decretos, tan denostados por ellos mismos cuando, ocasionalmente, eran usados por el gobierno anterior.
En el fondo, pretenden ganar guerras que perdieron y agitar espantajos que no existen.
IMÁGENES: Progresistas latinoamericanos (faltan algunos). Centro, Mafalda examinando las miserias progresistas en el mundo. Abajo, progresistas españoles.
[1] “No confundamos los términos: una cosa es el progreso y otra muy distinta el progresismo. Progreso es el avance, el perfeccionamiento, la acción de ir hacia adelante. El progresismo es esa religión laica creada por quienes pretenden hacer del progreso su patrimonio privado, condenando a los demás a la categoría de enemigos del avance y amigos de lo antiguo, cuando no fascistas o cavernarios. No admite razonamiento en contra.” (Jesús Lainz, El progresismo: entre la estupidez y la barbarie, en el libro España desquiciada, Ed. Encuentro, Madrid 2007)
[2] Martha Luz Hildebrandt Pérez-Treviño.
[3] Argollero: Alguien que prefiere formar un equipo de personas para trabajar, estudiar, practicar deporte, etc., solo con sus amigos, sin importarle si están calificados o no para realizar la actividad. (Yahoo! Respuestas y Foros Perú)
Créditos: Gracias a quien me pasó la definición por WhatsApp.
4 comentarios:
Totalmente de acuerdo con lo que dices. Siempre me admira tu claridad de ideas, y la exposición que haces de las mismas sin complejos.
Un abrazo
Me encanta la definiciòn de la Sra Hildebrant...pero me aterroriza que sea necesario escribir sobre este tema.
A las palabras de Martha Hildebrandt hay que añadir transversal y la expresión "esto no va de mujeres, va de libertades"
Otra característica a destacar de los "progres" es que, en general, no han trabajado en su puta vida. Ni intención que tienen...
Y la frase : "el coste de estas magníficas reformas sociales lo van a pagar, los bancos y las grandes fortunas". Es decir: los trabajadores sujetos a nómina y controlados por el Estado, ya que todos sabemos que, los bancos y las grandes fortunas, tienen bien estructurados los mecanismos de evasión para no pagar.
Juan, desde Zaragoza.
Publicar un comentario