Nada de lo que les voy a contar hoy es una novedad. Todos los incidentes, percances, sucesos, episodios y contratiempos que les voy a relatar, ya los había padecido en alguna ocasión anterior, en alguno de los cientos de hoteles en los que he vivido, en las decenas de países que he visitado a lo largo de mi dilatada historia de viajes, éxodos y migraciones. Lo insólito, lo sorprendente, lo verdaderamente prodigioso es que hayan sucedido, todos juntos, en el mismo hotel de la misma ciudad del mismo país, en menos de dos semanas.
La elección del alojamiento se hizo con mucho sentido: un hotel a cien metros mal contados del lugar de trabajo, sin necesidad de taxis ni transporte urbano ni cruzar la calle. A tan solo cinco minutos caminando sobre la misma vereda, en un “hotel and casino” que anunciaba en su web todo tipo de comodidades: piscina, gimnasio, restaurantes —así, en plural—, precio razonable, wifi… En fin, todo lo que un viajero exigente y riguroso podía requerir.
Llegué al hotel anochecido, en un auto impecable de Cabify que me recogió en el aeropuerto, con un chofer correctísimo, al precio convenido. Tremendo choque térmico al entrar en la habitación. Como suele ser normal en los hoteles de ese país, las kellys [1] que gestionan la temperatura entienden que no hay más que on y off. Si está en off, calor, si está en on, frío polar, a tope, ignorando que existe una escala que puede y debe regularse.
Apagué el aire y me acosté enseguida. Noté la cama helada y húmeda, lo que me produjo una insufrible tiritona. Abrí la ventana para que entrara algo del aire caliente del exterior. Demasiado tarde. El resfriado, la gripe o lo que fuera me duró las dos semanas de rigor.
La noche se me hizo un pelín larga: a las tres en punto de la madrugada, comenzó a sonar en mi habitación una alarma que duró como un minuto. No soy muy impresionable y entendí que debía tratarse de un error, que allí no pasaba nada excepcional y que no había ningún motivo para salir corriendo, aunque, teóricamente, era lo que procedía. La silenciaron cinco días más tarde, tras uno de mis encontronazos con la dirección, que jamás pidió disculpas.
Poco después, digamos las cuatro, noche cerrada aun, un puto gallo que habitaba con su harén en un solar junto al hotel decidió que era la hora obligada de anunciar al mundo la inminente llegada del nuevo día. Cada madrugada. No falló un solo quiquiriquí, el muy cabrón.
Como profetizó el de la cresta, al final de la noche amaneció. Las cosas no mejoraron: la raquítica luz de un baño sin ventanas ni ventilación, permitía malamente acertar a sentarse en el lugar adecuado, la ducha apenas era un chorrito de agua a temperatura ambiente [2], la caja fuerte estaba bloqueada [3] y la mesa en la que se suponía que debería trabajar, cojeaba ostensiblemente. Tanto que ni siquiera el tapón de plástico de una botella de agua consiguió estabilizarla. Intenté hablar con recepción para informar de todo el desaguisado: el teléfono, por no desmerecer del resto, tampoco funcionaba. Estuvo silencioso un par de días.
Con el tiempo y mis cabreos, algunas cosas se fueron solucionando y otras no. Aparecieron nuevos problemas: ascensores, escaleras mecánicas accesibles solo a ciertas horas [4], restaurantes abiertos según y cómo e idéntico “plato del día” [5] durante dos semanas, ropa para lavar que se devuelve ¡a los cuatro días! y alguna otra atrocidad más que ya no recuerdo.
Lo mejor, el placer de saludar a viejos amigos. Gracias a ellos, a su afecto y atenciones, logré sobrellevar tan dura prueba.
Apagué el aire y me acosté enseguida. Noté la cama helada y húmeda, lo que me produjo una insufrible tiritona. Abrí la ventana para que entrara algo del aire caliente del exterior. Demasiado tarde. El resfriado, la gripe o lo que fuera me duró las dos semanas de rigor.
La noche se me hizo un pelín larga: a las tres en punto de la madrugada, comenzó a sonar en mi habitación una alarma que duró como un minuto. No soy muy impresionable y entendí que debía tratarse de un error, que allí no pasaba nada excepcional y que no había ningún motivo para salir corriendo, aunque, teóricamente, era lo que procedía. La silenciaron cinco días más tarde, tras uno de mis encontronazos con la dirección, que jamás pidió disculpas.
Poco después, digamos las cuatro, noche cerrada aun, un puto gallo que habitaba con su harén en un solar junto al hotel decidió que era la hora obligada de anunciar al mundo la inminente llegada del nuevo día. Cada madrugada. No falló un solo quiquiriquí, el muy cabrón.
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Ahí lo tienen, en plan Pavarotti |
Con el tiempo y mis cabreos, algunas cosas se fueron solucionando y otras no. Aparecieron nuevos problemas: ascensores, escaleras mecánicas accesibles solo a ciertas horas [4], restaurantes abiertos según y cómo e idéntico “plato del día” [5] durante dos semanas, ropa para lavar que se devuelve ¡a los cuatro días! y alguna otra atrocidad más que ya no recuerdo.
Lo mejor, el placer de saludar a viejos amigos. Gracias a ellos, a su afecto y atenciones, logré sobrellevar tan dura prueba.
IMÁGENES: Arriba, una kelly haciendo su trabajo. Abajo, un gallo haciendo el suyo.
[1] El nombre de las kellys proviene de un popular juego de palabras: “las que li…” mpian. En este caso, las habitaciones del hotel.
[2] Que un día me dejó con la cabeza enjabonada.
[3] Nunca se reparó porque, según las chicas de recepción, la gente olvidaba el código con frecuencia y había que subir a abrirla, atención que, por lo visto, no podían prestar.
[4] Las escaleras mecánicas funcionaban “modo peloteo”, es decir, cuando le salía de las pelotas al guachimán.
[5] Arroz y frijoles con pollo.
5 comentarios:
India, hotel de 4 estrellas: me encuentro una cagada de perro en el pasillo de mi habitación. Bajo a recepción, me dicen que no hay problema, que mañana cuando pasen las de la limpieza se lo indique para que la limpien.
Cada vez tiro más de tripadvisor para elegir hoteles; no te asegura nada, pero ayuda.
Paciencia mi amigo. Es el precio de ser viajero frecuente. Era un hotel y casino de cinco estrellas pero fugases. Saludos
Darío Castillo- Guatemala
EL gallo Pavarotti, jaja
Muy buena crónica, Félix.
Para ser un país turístico, yo pensaba que los hoteles funcionarían mejor.
Lo del frío y el calor es algo que a mi también me incomoda mucho en España, ya sea en domicilios particulares o en establecimientos públicos. En invierno me gusta estar siempre con un jersey y en verano en manga corta, pero no hay manera... Y no será por las campañas publicitarias que hacen las Administraciones Públicas en "pro" del ahorro energético.
En las zonas turísticas, los hoteles que te ponen una pulsera, funcionan bien, pero en la ciudad un desastre, aunque no todos, claro, que siempre hay excepciones.
Lo del jersey en invierno y manga corta en verano, me encanta. Difícil lo tenemos.
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